martes 20 de octubre de 2009
Dos ofertas
Mala suerte para mí, porque necesito trabajar. Una vez asimilado el disgusto de que necesito volver al mundo de los cotizantes, tengo que reconocer que he tenido una suerte bárbara, porque puedo elegir entre dos ofertas estupendas. Lo que sucede es que no tengo claro casi ningún criterio para elegir entre ambas. Eso sí, se acabó el mundo de las multinacionales y el presentismo en el trabajo, las jornadas de doce horas día sí y día también, y los viajes de trabajo en los que se considera que viajar ya es trabajar, porque lo que en ellos se aporta suele ser cero. Nada de eso en las dos ofertas. Y curiosamente, cobraré lo mismo que antes. Qué cosas.
Esta semana debo comunicar la decisión. Y en un mes, estaré trabajando de nuevo. La verdad es que no me habrá dado tiempo a hacer todas las cosas que quería hacer antes de volver a trabajar, pero sí unas cuantas. El problema con el desempleo es que no sabes cuándo acabará, pero el hecho en sí de cobrar algo y disponer de tiempo libre es una gran suerte. Sé que no todo el mundo está en la misma situación ni en las mismas circunstancias, así que siendo respetuosa con ello, sólo puedo decir que en mi caso tuve la inmensa fortuna de discutir con mi jefe y reunir la valentía para decirle adiós e irme. He tenido la gran suerte de irme al paro. Y he sido más feliz en este tiempo de lo que lo fui en todos los años en que estuve trabajando en esa multinacional.
lunes 21 de septiembre de 2009
Tiempo para todo
Es genial ver, al dejar el trabajo, que lo que me queda es la relación de amistad con gente estupenda a la que sigo viendo. Es genial recuperar la relación con otros amigos para los que nunca tenía tiempo (y que, gracias a dios, como amigos que son no me lo están echando en cara) y dedicar tiempo a la familia. Y sobre todo, me resulta asombroso lo que es tener tiempo para uno mismo, para cuidarme, y elegir qué quiero hacer en cada momento. Una de las mejores cosas que me han ocurrido, estar en desempleo.
martes 1 de septiembre de 2009
Ella sonríe (II)
Pero incluso ella, alguna vez, desfallece. A veces es el dolor, que no puede soportar sin fumar algo que le alivie. A veces, también a ella, le falla la esperanza y se le cae el alma a los pies. Y los demás, me cuenta, los que le quieren, si acude a ellos, se sienten impotentes y empequeñecen ante sus ojos, se sienten pequeñitos e inseguros, sin saber qué decir o hacer. A veces necesita decir a alguien que está aterrada, que no puede con esta carga, que quiere llorar y desesperarse, aunque acabe por no hacerlo, otros dependen de ella.
Su inyección de ánimo se la aporta su grupo de apoyo. Un grupo organizado y gestionado por un médico generoso, comprensivo, que a su edad podría dedicarse a bienvivir y olvidarse del resto, pero que dedica su tiempo a gente que necesita como sea una palabra de ánimo, de apoyo, un soplo de esperanza. A veces necesita simplemente alguien que escuche sus miedos, que le escuche sin juzgarle ni sufrir. Ella, también, a veces necesita sacar de dentro del alma esa pena negra que se obliga a no mostrar a los que le quieren. Frío, me dice, a veces es un frío helado en las entrañas abrasadas, y este médico es su rayo de sol, de luz, de esperanza. Escucha, apoya, consuela, y les deja llorar. Sabe lo que el alma herida necesita, y es como si tuviera la capacidad de sanar con la palabra.
Son pocas horas al mes, pero ella me dice que son su escape, su motor, su gasolina. Unas horas en las que se zambulle y se olvida de su estado y su miedo. Y de los demás. Porque a veces, me cuenta, en toda esta historia tan dolorosa ella se pierde a sí misma. Ella vive sus roles, ser madre, esposa, hija, hermana... Pero ella es un ser único, un ser propio, una persona individual que, como tantas y tantas mujeres, casi siempre antepone sus roles a su propio ser. De vez en cuando, se rebela y se mira al espejo, y allí está ella, que sabe que los demás perderán una madre, una esposa, una hija.. pero ella lo perderá todo. Y necesita quererse a sí misma, encontrarse, apreciarse, saber que ella es única y que tiene derecho, de vez en cuando, a sentirse sola, perdida y asustada, furiosa con la injusticia que vive. Que necesita sacar la rabia y la furia, vaciarse, para poder volver a casa, de nuevo, con una sonrisa.
Me lo contó todo en medio del bullicio de unas fiestas, sosegada y serena, como es ella. Sabiendo que si este escáner que ahora viene trae malas noticias, ella ya no tendrá posibilidades de luchar. Nunca ha dejado la sonrisa ni la dulzura. Me ha hecho pensar mucho en cómo nos perdemos a nosotros mismos en la vorágine de la vida que armamos. En cómo los roles que somos para los demás nos hacen a menudo esconder nuestros anhelos, nuestros deseos, lo que somos en esencia. En cuánto ignoramos de aquellos que más queremos y que más cercanos nos son.
Y con una sonrisa, dijo que no sabe si en la próxima reunión podrá estar. Sus planes ya no van más allá de un par de meses. Yo espero que sí. Porque si hay alguien en esta vida que pueda sortear a la muerte alguna vez, tiene que ser alguien con tanta entereza, alegría y generosidad. Si alguien puede lograrlo, tiene que ser ella.
Ella sonríe (I)
Ella es pequeña, delgada, mucho más de lo que era antes, con aspecto frágil, y siempre sonriente. La primera vez que le diagnosticaron cáncer fue un palo grande que ella contaba con gracia, siempre sonriendo. Siguió todo el tratamiento de quimio, le operaron, le quitaron todo lo que vieron aunque estaba más extendido de lo que pensaban. Le dieron una invalidez por las secuelas de por vida que le quedaban, y volvió a su vida, a sus hijos, a su familia y amigos.
La recaída sí le partió por la mitad. No habían pasado más que unos meses y se le había reproducido, varios tumores. El especialista le dijo, probablemente con cariño pero de forma descarnada, que le quedaba un año de vida. Y nada más. Le aconsejó que se hiciera a la idea y que buscara calidad de vida. Ella le dijo que no podía ser, que eso no, está aún lejos de los cuarenta y su hijo mayor ni siquiera ha cumplido siete. Resignarse, nunca. Ese día, claro está, sin sonreír. Pero el especialista le dijo: despídete de los que quieres.
Y eso empezó a hacer, despedirse. Empezó por los otros médicos que le trataron, pero pidiéndoles que lo tuvieran muy claro, porque si había una mínima esperanza de hacer algo, ella quería hacerlo. Si era experimental, no le importaba. Que lo intentaran todo. Y un día, uno de ellos se decidió y le dijo que sí, que lo iban a intentar, aunque iba a ser muy duro, le avisaron, y sin garantías. Pero, me contó ella, si su única posibilidad era un año, quería pasarlo luchando.
Me cuenta que tuvo que hacerlo a espaldas del especialista. Que tuvo ayuda para que el especialista, en su historial, no pudiera ver el tratamiento que estaba recibiendo. Y que su miedo, siempre, era que él lo supiera. Dolorosísimo, sufrió lo que la quimio o la operación nunca provocaron, pero le sostenía su esperanza. Y estando destrozada, y teniendo que acudir a urgencias, su único terror era que el especialista se enterara, y pidió y rogó allí lo que ella necesitaba para conseguirlo. Con el consiguiente alucine del personal que allí estaba.
Cuando, después de este tratamiento tan agresivo, le hicieron de nuevo las pruebas, los tumores habían desaparecido. Todos ellos. De momento, por supuesto, y ella sabe que nada es seguro. Pero han desaparecido. Ahora tiene de nuevo otro escáner, y -cruza los dedos- habrá que ver. Su especialista, que al final y pese a sus esfuerzos se enteró, se enfadó y le reprochó que se sometiera a ese tratamiento, que no se haya ahorrado tanto dolor y no haya buscado calidad de vida. Estaba muy molesto, me dice ella con sencillez. Pero, pregunto, ¿algo te diría al ver que habían desaparecido?. Bueno, prosigue, pues dijo que ya veremos si no se han vuelto a reproducir.
Lo cuenta con una sonrisa, con dulzura, mirándote profundamente a los ojos y dejando que parte del dolor que arrastra te llegue al alma. Cada prueba es un calvario temiendo que toda su lucha haya sido en vano, pero ella sigue sonriendo. Y seguirá luchando. Sin demasiadas risas, porque reírse le duele, siente todo su interior abrasado, pero sí sonriendo. La veo fuerte, brava, detrás de esa aparente fragilidad. A ella no puedo contarle lo que me indigna el trato del especialista, bastante tiene con lo suyo.
Pero me sentí indignada. Por lo que tuvo de prepotencia, de falta de empatía, de arrogarse la potestad de decidir por otro. Hoy, sin embargo, pienso que tal vez es que realmente no tiene otra forma de enfrentarse a su trabajo. Donde yo veo soberbia puede que sólo haya autodefensa. No lo sé. Supongo que habrá perdido muchos pacientes falsamente esperanzados. Pero sólo puedo ver la historia desde el lado de la persona a la que se pide que se resigne a morir. A la que un día se le pide que se vaya despidiendo de sus hijos, con seis y dos años. Que acepte que no les verá crecer y que no podrá ayudarles ya más, no podrá darles todo ese amor que ella tiene y da a espuertas. Ella no pudo hacerlo, resignarse. Sólo tenemos una vida, me dice, no puedo aceptar tan sólo un año, no puedo.
Ahora espera de nuevo los resultados, como va a tener que hacer durante mucho tiempo, esa espada de Damocles colgando siempre. Está muy limitada físicamente, muy mermada, muy baja de defensas y sabe que ya cualquier cosa puede comprometer su vida. Pero está entera, y lucha. Ella sonríe, siempre, con dulzura y serenidad. Ella te mira con templanza y con algo insondable que el otro día me generaba un nudo en la garganta. Lo que ella es y su vida me interpela y me hace ser consciente de mi estupidez al quejarme de bobadas, al dar a los inconvenientes la categoría de problemas. Este mazazo es el más duro de una vida que para ella siempre ha sido difícil, y si ella sonríe, yo no tengo derecho a hacer algo diferente.
viernes 21 de agosto de 2009
En la mitad de las vacaciones
Lo que sí me ayuda es hacer una lista de todo aquello que siempre quiero hacer cuando no tengo tiempo para ello (bueno, o de aquello que creo que quiero hacer cuando sé que no puedo hacerlo porque no hay tiempo). Me gusta hacer listas de cosas: de las cosas que debo hacer hoy, de las que me gustaría hacer si tuviera dinero, de las que tendré que hacer en cuanto empiece el curso escolar, de las que voy a hacer para darme ánimos... Las listas me dan paz mental, aunque luego no consiga cumplir casi nada de ellas. Es como un intento de organizar el desorden que casi siempre es la vida cuando no se ajusta férreamente a lo que nos gustaría que fuera. Sólo un intento, claro.
martes 4 de agosto de 2009
Yo también me voy de vacaciones
Al final, como era de prever, me llamaron de la empresa para decirme que "otra vez será". O sea, nunca. De nada sirve que yo sepa qué prejuicios más estúpidos les mueven. O tal vez sí, porque si así son las cosas, ¿cómo demonios iba a encajar yo en ese tipo de cultura? A la semana estaría boqueando como un pez fuera del agua. Igual esto suena a la fábula de la zorra y las uvas, pero bienvenido sea ese rechazo.
Así que desde ya pongo mis ilusiones y esfuerzos en la entrevista que tengo la primera semana de septiembre. Pero antes, me voy diez días a la playa, a disfrutar del sol, la familia y el nada que hacer.
Y como nota positiva, aquel compañero del que hablé en abril, ("perdiendo el juicio"), excelente profesional y mejor persona, tiene desde esta semana un nuevo trabajo. Ya hemos brindado en la red con champán virtual, espero poder hacerlo en breve con cava real. A la salud de nuestro ex-jefe.
Hasta la vuelta
miércoles 22 de julio de 2009
Pues sí, es por ser mujer
No me había pasado nunca. Sinceramente. Estoy desorientada y rabiosa. Me dice el contacto que no está decidido al 100%, porque realmente la diferencia con el otro finalista es notable. Pero me dan ganas de llamarles y decirles que se metan el puesto por donde les quepa.

